miércoles, 9 de noviembre de 2011

TRIUNFAMOS, DIJO EL AMOR

Yo también quiero que me amen
-ANO. El Triunfo. No se sabe si primero fue la visión o lo ocurrido. Algunos dicen que para 1905, el cementerio del pueblo ya estaba infestado de sátiros. Otros afirman que sólo hasta cuando Leopold Bloom pensó, durante un sepelio del verano de Dublín, en un cementerio lleno de amantes, en El Triunfo no había ocurrido nada. Todos en el municipio saben que en el siglo XX se escribió un libro llamado Ulises. Todos los triunfadores (gentilicio de los naturales de este poblado) saben que Bloom es una invención de Joyce, aunque, con el paso de los días, ha ocurrido lo que mucho literato suele plantearse con dejo de perplejidad hipócrita: ¿No será que L. Bloom creó a J. Joyce? El cementerio del pueblo queda en una colina; hay tumbas cuyas lápidas han sido tragadas por la hierba tropical. El olor a cadáver se mezcla con el de los encuentros nocturnos entre sátiros que habitan túneles que yacen bajo las tumbas. Salen en la noche, se aparean y gritan. Hacen pensar a los incautos que son almas en pena las que profieren esos chillidos. Los aullidos del sexo son los de las ánimas atrapadas en la tierra para siempre. Nadie se ha atrevido a apresarlos; son tan terrenales que parecen de otro mundo. Ufólogos provenientes de distintas latitudes han aguardado, durante noches enteras, la llegada de alguna aeronave que incite a estos impulsos carnales. Nada ha sucedido. Médiums han tratado de entablar comunicación con los sátiros, pero ellos semejan misiles teledirigidos que buscan organismos vivos para evacuar sus jugos. Se han encontrado huecos pequeños en tumbas recién colocadas. Fellatios entre vivos y muertos. O entre vivos que están muertos. O muertos que viven para volver a morir. 

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