lunes, 31 de octubre de 2011

ADIOS EN EL MAR


Bogarde, el estibador de alegrías

-ANO. Klein Curazao. Hubo un tiempo en que en las manos de Johan Bogarde decidieron cuántas narices iban a quedar empolvadas en New York. Él nunca conoció la capital del mundo pero hablaba de ella como si hubiese estado en cada uno de los recodos del Bronx. Después de cargar los barcos que salían llenos de cocaína, se sentaba a fumar un cigarrillo; hablaba con el capitán de la embarcación que le contaba  cómo los copos de nieve caían zigzagueando en el aire hasta desaparecer entre más nieve acumulada en el piso. Buenos tiempos fueron aquellos y mejores los de la venganza. El retraso en los pagos fue el origen. Bogarde no volvió a recibir suministros alimenticios para seguir habitando la desierta isla de Klein Curazao. Se fue convirtiendo en un Robinson Crusoe que inhalaba cocaína para poder olvidar que tenía hambre y estaba solo. Entre la fresca lucidez del narcótico supo claramente lo que haría: Rompió la ventana de la caseta donde dormía, molió el vidrio y lo introdujo en uno de los ladrillos de cocaína. Un mes después murieron dos adolescentes neoyorquinos por una hemorragia imparable, originada en los arcos superciliares. Bogarde fue capturado por homicidio. Mientras lo subían al barco que lo llevaría a EUA, se tiró al mar y se ahogó. Su cadáver se ha perdido en la inmensa ternura del mar. 

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